Después de que lo abres, queda marcado para siempre.
· t ú ·
No es necesario verte diario. Tampoco es necesario hablarte cada día de la semana.
No, no lo es. Me interesa tu vida. Me intriga saber qué pasa contigo sin estar conmigo.
Me gusta recordar de vez en cuando. Recordar pláticas que no tuvimos en aquel sillón.
Conversaciones que no existieron, pero, que nunca hicieron falta para ser “tú y yo”.
Lágrimas inútilmente derramadas, que jamás se necesitaron ver para poder reconocer.
Sí, me gusta recordarte. Me gusta imaginar que alguna vez me puedes llegar a extrañar.
Imaginar que en un par de ocasiones me quieres o intentas recordar. Intentar recordar…
No lo logro. No recuerdo quién eras ya. Recordar. No puedo describir el color de tu piel.
Me es imposible definir tus facciones o forma de ser. ¿A quién quiero o intento recordar?
No eres más que una simple hoja de rayas con innumerables nombres escritos al azar.
Una página del directorio telefónico que inúltimente pretendo arrancar. Vamos, dime ya.
Ansío reconocer a aquél que solía entender gracias a una mirada inmersa en la soledad.
¿Pretendes, acaso, volver para quedarte? No lo harás, lo sé bien. Te conozco lo suficiente.
· h o r r i b l e ·
Grrrrrrrrrrrrrr, es horrible, horriblísimo sentirse así.
De verdad no me gusta…. Me siento tan, tan mal…
Estos dos últimos meses fueron los peores del año.
Todo el año estuvo padrísimo, me la pasé tan bien.
Pero, ¡AH NO! Era demasiado bello para ser verdad.
Lo bonito empezó en la fiesta ibero noventanueve.
De ahí… cine, películas, paseos, caminatas y fotos.
Un verano con un viaje bien bonito e interesante.
Bueh’… estuvo muy lindo desde abril a noviembre.
Pero llegó noviembre a joder todo y a enfermarme.
Se enfermó, me enfermé, cometí muchos errores.
Lo único que quiero es que termine dosmilnueve.
Empezar un nuevo año y evitar los mismos errores.
Quiero empezarlo bien, bonito, padre, lindo, kul.
¿Y… qué mejor que viajando a Veracruz con él?
· e k e v u ·
Ha logrado sobrevivir. Creció huérfano. Su padre fue asesinado y su madre
falleció debido a una incurable anemia. Su vida no ha sido para nada sencilla.
Sentado sobre costales amontonados, observa desafiantemente a su matón.
No le teme. No. Temor jamás. Nunca antes ha sentido miedo, y menos ahora.
Tres diecinueve marca el reloj de la vieja y manchada pared. Cuatro paredes.
Una puerta. No hay ventanas. Un ventilador que gira lentamente, su objetivo
de refrescar el ambiente es pobremente alcanzado. Y el calor crece aún más.
“¿Dónde está? Dímelo ya, no te quiero tener que matar, podrías ser muy útil”.
Ekevu Mugangu no piensa hablar. No hablará. No quiere hablar. Sólo pensar.
Debe pensar en una forma para poder escapar. Tiene que salir rápido de ahí.
Tres golpes a la sien. Sangre derramando. “No estoy jugando”. Un golpe más.
“No lo voy a repetir una vez más. Habla ya. No tengo tiempo para estupideces”.
Su vida depende de una respuesta que no conoce, se tambalea sobre un hilo.
“Señor, le aseguro que no soy quien usted busca. No soy quien usted cree”.
Sabe perfectamente que no es la respuesta que el hombre quiere escuchar.
“Pero por supuesto que sé quién eres, qué ingenuo. Te llamas Ekevu, ¿no?”.
Han pasado ya cinco días desde que lo encerraron en ese abandonado lugar.
No ha probado alimento, ni una sola gota de agua ha tocado sus secos labios.
Con las manos atadas y una pistola apuntándole a la frente, le es difícil pensar.
“Mugangu, Faida Mugangu, ¿te suena?”. Sintió un hormigueo del pie a la nariz.
No. No le sonaba el nombre. No le era familiar. Familiar… no. Estaba seguro.
“No señor. No reconozco ese nombre. Jamás lo he escuchado”. Y no le mentía.
Sangre le corre del labio. Su vista se ha nublado ya. Le es imposible recordar.
No sabe siquiera qué debe recordar. ¿Por qué le debería ser familiar? No sabe.
“¡Faida Mugangu, tu madre! ¡No gastes mi tiempo! ¡Dime dónde lo escondió!”.
Ekevu jamás lo sabrá. Nunca escuchará la razón de su orfandad, no la conocerá.
No sabrá por qué su muerte en aquella habitación. Tampoco sobre el diamante.
Tres balazos lo han logrado alcanzar. No puede recordar, tampoco ya pensar.
· b i g · f i s h ·
- She: but you don't even know me.
- He: I have the rest of my life to find out.






